sábado, 12 de marzo de 2011

Death.

Hoy, ha sido una de esas tardes de pachorrismo puro y duro en las que no te apetece otra cosa que quedarte en la cama con el portátil delante. Y así ha sido.
 

Gracias a este extremo nivel de vagancia pude ver un episodio de House que me marcó considerablemente. En él, se refleja la fuerza de voluntad de uno de los personajes para despertar de un semi-coma a la persona que quiere, decirle que se muere, y pasar las pocas horas de vuda que le quedan a su lado diciéndole todo lo que siente para más tarde, a petición de ella, desconectar las máquinas que la mantenían con vida. No se cuantas veces he visto esa escena hoy, me atrevería a decir que un mínimo de cinco. Y, por supuesto, con un paquete de pañuelos al lado para secar los lagrimones que recorrian mi rostro al llegar al final de la escena (este es el vídeo de la escena).

Esto me hizo recapacitar. Mientras dejaba que las lágrimas se secasen solas la primera vez que lo vi, no podía dejar de pensar si yo también sesría capaz de hacerlo. De despertar a esa persona querida para decirle que se muere y que la quiero. De apagar yo misma las máquinas que le mantienen sujeto a la via. De quedarme junto a su cuerpo una vez ha dejado de respirar. Llegué a la conclusión de que no sería capaz.

   
Sin embargo, si fuera yo quien estuviese en esa camilla medio muerta, desearía que me despertase. Que me dijera que me quiere. Que estuviese conmigo hasta que no aguante más. Pero, se mire por donde se mire, ambas partes pueden parecer egoístas.
   

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